-¿Y tú llamabas cabrón a Christian? Eres más canalla que él Pero a pesar del disgusto que me embarga no estoy en absoluto cabreado, me siento muy ligero, parece que mi cuerpo no pesa nada, tengo la misma sensación que cuando flotas en un mar extremadamente salado, o mejor aún, la misma sensación que deben sentir los astronautas en la luna, los brazos hasta parecen levantarse solos, me siento ágil, subiría y bajaría la escalera de caracol aquella sin cansarme varias veces, y me siento fuerte pues me atrevería a levantar yo solito el sofá en el que estamos sentados con un solo brazo. Abro los ojos y por un momento el entramado de cristales del techo parece que se cae sobre mí, sobre mi cabeza, me sobresalto, pero enseguida pasa, qué raro, me digo, ¿pues no me he creído que el techo se caía sobre mí? Los cristales parecen que se superponen unos a otros, que se hacen los unos más grandes mientras otros se hacen a su vez más pequeños. Los muchos cuadros que Sal tiene colgados en las paredes parece que se mueven, es más, parece que bailan, y me digo a mí mismo que eso sí que es tonto, creerse que los cuadros bailan. Estoy muy excitado, miro mi rabo superduro y me parece más grande que nunca, eso que nunca ha sido pequeño, pero hoy parece que está especialmente exuberante, me lo agarro, me extiendo en el asiento para mayor comodidad y me exhibo y me masturbo para excitar a Sal, que se desnuda diligente. Me excito mucho. Sólo de saber que me desea me pone cantidad. En un golpe infrecuente por mi parte de vanidad, me gusta saber que se muere por mis huesos. Por cierto, me doy cuenta ahora de los pies tan enormes que tiene, ¿pero cómo conseguirá zapatos de su número este tío? Intento atarme los cordones de los míos una y otra vez, aún cuando recuerdo perfectamente que no son los zapatos de cordones, y es peor aún pues soy consciente de que estoy descalzo. Me ato los cordones tantas veces como si fuera un ciempies. Ya se me ha pasado el enfado que tenía con Sal, me siento tan enérgico y vital, tan fuerte, que no es para menos, a mi vista desaparece el efecto triangular de su cabeza, me parece oír voces lejanas, persistentes y muy cantarinas, que me dicen cosas sugerentes y morbosas y como que me incitan a que le acaricie y bese, o me invitan a que le coma la polla, y no espero más, de un impulso eso es lo que hago, me acerco a él y le morreo mientras le echo mano al miembro que rápidamente se empalma y se hace supercabezón. No me desagrada nada cuando lo toco desempalmado, también me gusta, pero hoy me apetecía tenerle bien empalmado. Me agacho a comérselo y me sorprendo también del tamaño. Siento como si tuviera las gafas de otro y viera todos los objetos a través de los cristales de unas gafas de miope. Es una sensación extraña, pero queda sólo en eso y además dura poco, aunque vuelve la sensación al rato. No es extrañeza lo que tengo en este momento por el rabo de Sal, en absoluto. Está pletórico, nunca me ha parecido tan grande, parece que ha crecido en los últimos días, es precioso, tan bien proporcionado, aunque dudo que hoy me quepa en la boca, el capullo es espléndido, desde luego lo voy a intentar, me lo voy a tragar enterito. Me lo como y ayudado por su mano en mi nuca me entra hasta dentro. El también quiere mamar y me dejo, y lo hace igual de bien que me lo ha hecho otras veces, mientras me la come veo como si las paredes de la casa se movieran, como si vinieran hacia mí y se alejaran, como si la habitación se estrechara y se hiciera mas pequeña. Sí, las paredes de la casa parece que se juntan, los objetos son mas grandes de lo que recuerdo, los cuadros se mueven, los libros se abren de vez en cuando, los cojines se levantan y las puertas de los armarios se abren y se cierran solas. Y de todo soy consciente. Soy consciente de que es imposible que el cajón de una cómoda se abra por sí solo pero no por ello dejo de atarme los cordones de unos zapatos inexistentes, y sigo con mis rodillas dobladas para facilitarme la tarea con mis dedos sobre el empeine de mis pies. Tengo cosquillas en la boca del estómago, es una sensación extraña, no son náuseas, o ¿sí? no llega a molestia desde luego, es como desazón, algo en cualquier caso que no acierto a describir, y luego está la visión borrosa o ¿es el sol tan radiante que entra por los cristales? Y los ruidos aquellos tan persistentes, no son molestos pero si me parecen raros y desde luego preferiría que dejaran de martillearme el tarro. Sal sigue con la mamada y sé que pronto me voy a correr en su boca porque no hace caso en modo alguno de las instrucciones que le doy. Le digo varias veces que pare un poco, que se controle, pero que va, hoy está especialmente fogoso y sé que no va a hacerme pero que ningún caso. Cuando me abandono y me derrama en su boca me agarro a su cabeza porque tengo miedo de que me vaya a levantar del sofá en los espasmos y convulsiones, de que vaya a levitar, si me agarro a su cabeza es para evitar irme al techo, doy mas gritos de los que acostumbro que no suelen ser pocos y siento ahora que el miedo que he pasado con los hongos venenosos era una tontería, una broma de Sal y me la he creído, pero, hombre, si se muere uno antes de un empacho que de los efectos psicoactivos, para morir de muscaria hacen falta muchos gramos o que se mezcle con ella otras, por ejemplo la phalloides, y a ésa, tengo la impresión que el tipo éste la conoce muy bien. . . . . . . Mucho tiempo después sigo viendo que los cuadros de la habitación se mueven, pero siento también que necesito orinar e intento muy malamente levantarme del sofá para ir al servicio, y Sal me dice tajante: -¿A dónde vas? -A mear, tío no aguanto más, estoy que me meo -le contesto mientras sigo intentando levantarme muy, pero que muy despacito, no vaya a acabar en el techo y haber luego quién me baja de allí. -Ni se te ocurra -se levanta antes que yo, subiendo exageradamente las piernas para superar cualquier obstáculo menor como un simple libro tirado en el suelo. Baja a la cocina y después de un rato largo me trae un tarro de cristal no demasiado grande, que desconozco para qué lo quiere, pero eso sí, lo trae agarrándolo con los dos brazos sobre su pecho como si se tratara de una cántara de leche. -¿Que pasa , Sal? Yo no aguanto mucho más el meo, tío, que soy de muelle flojo, por lo que veo para todo -Eres un esclavo. Te gustará la lluvia ¿no? -Bueno, pero es que soy yo el que se mea, tío, o ¿a ti también te gusta? Pero qué golfo eres –le digo yo, con una sonrisa torcida y mirada lujuriosa, -quieres un poquito de lluvia dorada ¿eeeeh? ¿Dónde lo hacemos en el servicio? –la verdad era que yo no entendía mucho de lluvia pero suponía que eso me resultaría aún más fácil que trajinármelo -No quiero lluvia, pero sí quiero tu meo como lo mas precioso que hay ahora mismo en ti. Porque sigues siendo mi esclavo recuerda, eres ahora mismo el ser más precioso para mí. -No te entiendo pero estoy encantado con eso de precioso. ¿Qué quieres que haga? Estoy dispuesto -Tengo mucha sed y sólo tú puedes saciarme. Por nada del mundo dejaría que te fueras ahora mismo de esta casa y si te empeñaras en hacerlo, y aunque he prometido no hacerlo, tendría que atarte a los pies de mi cama. Te he corrido en la mamada no para darte gusto, no te equivoques, sino para poder usarte mejor y para que no tengas problemas de erección ahora. -¿Problemas de erección? ¿Me has corrido para que tenga una erección? -yo no entendía nada de lo que me estaba diciendo por lo que hice lo único que podía hacer, dejarme llevar -No justo para que no la tengas -No te entiendo, Sal, de verdad. ¿Y no te pones un poquito bíblico con eso de que tienes mucha sed y sólo yo puedo saciarte? -No lo olvides, te sigo utilizando como el esclavo mío que eres. Voy a ponerme de rodillas delante de ti y me vas a llenar la boca con tu meo y que no se pierda ni una sola gota, nada de nada, te hago responsable de ello. Observa mis ojos y cuando me llenes la boca, corta el chorrito y esperas a que trague. Si no te enteras te lo indicaré de todas las maneras con golpes de la mano en tu muslo, ¿De acuerdo? Y después, cuando trague, continúas. Y espero que tengas suficiente fuerza en el músculo que te he enseñado a ejercitar para cortar el chorro en cada momento. Dado lo flojo de muelle que eres, temo que no hagas fuerza suficiente. Yo no estaba dando crédito a lo que se me pedía, ni siquiera a mí, nunca, nadie, me había pedido antes semejante cosa, pero puesto que soy lo que soy, un esclavo, todo lo debo aceptar, a nada me puedo oponer y dado mi oficio necesariamente he de ser muy liberal para con los gustos ajenos y respetar todo tipo de morbos, seguí en todo sus directrices, como no habría podido ser de otra manera y como en realidad había hecho hasta aquel entonces con él. Falló en su predicción de mi erección porque fue verle caer de rodillas a mis pies sin dejar de mirarme a los ojos, que a pesar de la corrida reciente me volví a empalmar de manera feroz, como un animal. Y con su boca abierta, mi miembro empalmado, mis manos enganchadas a su cabeza, y mi pecho tenso como una tabla se la introduje suavemente. Costó la salida de mi río dorado algo más por la erección, pero con mi rabo en su boca y un poco de paciencia acabó fluyendo un torrente de precioso líquido de manera impetuosa. Me desbordé dentro de él de manera rotunda, seguí aferrado mientras lo hacia a su cabeza y con los pies apoyados sólo sobre las puntas de los dedos le di todo lo que deseaba de mí. Jugué con su cabeza, le acaricié el pelo y la cara y le arrumé la boca mientras le anegaba dentro porque me parecía como una gran corrida sin fin, interminable, inagotable, eterna. Sí, sentía como si fuera una de aquellas corridas larguísimas como las que prometen los taoístas y budistas que duran minutos. Y seguí viendo extrañas alucinaciones mientras hacía aquello pero no me importó porque de todo era consciente, sabía de qué provenían, y me estaban gustando mucho Y miré a sus ojos por si algo me indicaban. Pero éstos, a pesar de mis extrañas visiones, me hipnotizaron a la vez que Sal iba tragando mi interminable chorro dorado. A la vez que Sal recibía aquel licor sabroso, aquel néctar de dioses, sus ojos infinitos estaban enganchados a los míos. Por eso también yo, en ese momento, me sentí un dios por poder suministrar tan codiciado néctar. Pero lo mejor de todo era tenerlo postrado de rodillas ante mí, entregado, como adorándome, tragándose mi elixir. Me sentí un pequeño dios por tenerlo a mis pies, me encontraba embelesado, fascinado, arrebatado por el morbo. A veces con mi cabeza levantada y vencida hacia atrás apretaba mi boca y contraía los dedos de los pies ahogando los gritos que se empeñaban en salir de mi boca, y tensaba todos los músculos de mi cuerpo para ayudarme en el corte o paso de mi esfínter urinario. Y pude cortar e iniciar el chorrito a voluntad cuantas veces quise, y cada vez que volvía a abrir el caño le miraba al rostro y debió ver el mío enfervorizado y que le miraba vibrante de insolencia, de descaro, de una manera casi ofensiva. Su rostro, en cambio, reflejaba gran satisfacción, como disfrutando enormemente del placer que le producía aquel torrente fluyendo de manera impetuosa. Lo debí hacer bien porque nunca necesitó darme golpecitos con las manos en mis ancas para darme cuenta de cuando debía parar y cuando permitir el flujo espumoso. Sólo al final cuando, ya saciada su sed se dio cuenta de que mi generosidad no estaba agotada, sí necesitó hacerme con los dedos el signo de las tijeras para que cortara mi preciado líquido. Y volcando la cabeza hacia atrás, mirándome con la boca abierta, respirando agitadamente como los peces fuera del agua para intentar compensar el déficit de aire y mirándome insultantemente sacaba su lengua para no perder ni una sola gota de aquel preciado elixir que pudiera haber quedado por los alrededores de mi glande. Viendo que mi torrente era casi inagotable me obligo a usar el tarro que para la ocasión había ido a buscar a la cocina para no desperdiciar nada de mi preciado licor. Y todavía medio le llené el tarro que se apresuró a llevarlo al fregadero de la cocina caliente todavía como estaba, para meter el frasco sin cerrar en una cubeta con agua para enfriarlo antes de depositarlo en el congelador de su frigorífico. Yo, que ya estaba bastante alucinado por razones obvias, aluciné todavía más viéndole hacer todas aquellas cosas. -Me lo beberé a tu salud y cuando lo haga –me dijo- pensaré en ti, descuida. Has sido un buen esclavo -Hombre, la verdad, no me ha costado mucho trabajo. Más parecías tú el esclavo que yo. -No te equivoques, sigues siendo un puto esclavo -me dice otra vez poniendo ese rostro serio, medio torcido, que ya me había dado miedo anteriormente -te he seguido utilizando de una tan manera tan canalla como podría haber hecho el cabrón ese de Christian -Tío, hoy tienes un día que me cuesta mucho trabajo entenderte. ¿Qué quieres decir? –en vez de contestarme llena otro tarro con su propia orina delante de mí y también lo lleva al fregadero para enfriarlo antes de meterlo en el frigorífico. Ni que decir tiene que sigo alucinando, ahora doblemente -Pues que he vuelto a jugar contigo otra vez. Te he vuelto a utilizar como conejillo de indias. Te has comido las setas igual que lo hacían los esclavos de la antigüedad. En tu orina están ahora todos los elementos psicoactivos, que son los únicos que me importan y no están en cambio las substancias que me podrían haber envenenado, porque esas ya se han quedado en tus riñones. De haber habido algún trozo de Phalloides no lo habrías contado pues ya te habría matado. -¿Pero porqué eres tan cabrón? –le digo asustado pero también indignado y mirándolo con ojos llenos de odio. -Eso, ya lo has dicho antes. Si te comes un hongo lúdico te colocas hoy, pero cuando se te pasan los efectos, todos los elementos embriagadores estarán filtrándose en los riñones y tú ya no los sientes porque ya han pasado por casi todo el organismo y no están en el cerebro. – y sigue la muy víbora hablándome tan fresco y dándome todo tipo de explicaciones -No me toques más los cojones, ¿quieres? -No te enfades, lo que has hecho tú, aquí, hoy, era lo mismo que hacían los esclavos en la antigüedad. Se tiene documentado que en ciertas culturas usaban el hongo éste como alucinógeno para fiestas y orgías. E incluso en los templos, para ciertos ritos. Y las pitonisas y oráculos iban puestos de esto para aumentar sus dotes adivinatorias ¿tú que te crees? -Yo ne mo creo nada, cabrón -Las clases más pudientes bebían la orina de los esclavos para poder acceder a sus efectos alucinógenos. Ellos comían las amanitas porque el efecto alucinógeno podía ser imprevisible y sus amos bebían sus orinas, lo cual no dejaba de tener cierta gracia. La orina de los esclavos contenía los elementos activos filtrados, y ya se sabía que el hongo no era letal. Las orinas de los esclavos ya filtradas de elementos venenosos era la que se utilizaba en los ritos, fiestas y orgías. Los esclavos que morían, que no tardaban mucho en hacerlo los sacaban por las puertas traseras para que los invitados a las bacanales no se enteraran de que habían corrido cierto riesgo. -Mira, tío no me vaciles y no me cuentes historias truculentas antiguas ¿Pero no te das cuenta de que me has podido envenenar? Pero cacho cabrón, ¿cómo eres tan hijo puta? eres el peor de todos. Eres la peor de las serpientes rastreras –grito cada vez más nervioso y exaltado, empezándole a ver la cabeza en forma de triángulo con aquellos pelos levantados. Peor aún, veo su cuerpo desnudo que se llena de escamas brillantes, entre amarillentas y verdosas, con algunas manchas como ocres o grises, también me parece oír fuertes silbidos que no alcanzo a reconocer pero que son persistentes, y como ruidos huecos procedentes de grandes sonajeros, siniestros, y repetitivos. Veo cómo, poco a poco, sus brazos y piernas desaparecen, y en su lugar aparece una enorme cola terminada en un gran aguijón con fuertes espolones a ambos lados, su cuello se transforma en el cuerpo cilíndrico de un ofidio asqueroso y su cabeza en la de una víbora que se balancea sinuosa y me saca su bífida lengua mirándome fijamente sin parpadear. Sus dos dientes superiores, fuentes de veneno, es lo que más miedo me da. Están muy separados y son picudos y curvados hacia atrás. Sigo escuchando los fuertes silbidos agudos y los ruidos huecos del sonajero, una y otra vez, aunque a veces tengo la impresión que están dentro de mi cabeza. Con retraso caigo en la cuenta de que estoy alucinando por los putos hongos. Cierro los ojos y casi es todavía peor, pues el monstruo aquél no sólo se limita a mirarme con aquellos ojos inmóviles, falsos e hipócritas, sino que además se mueve, se agita y repta. Su cola intenta abrazarme y yo me rebelo presa del pánico, o de la ira, o de las dos cosas, pero como si del chásquido de los dedos de un hipnotizador se tratara vuelvo en mí y le veo tal cual es. -No te alteres, Alejandro y deja de mirarme como si tuvieras un monstruo de siete cabezas delante, que no es para tanto. No has corrido más riesgo con estos hongos que con las setas que compra tu madre en el mercado -Vete a la mierda, tío, vete a la mierda, hijo de puta. Mi madre no compra setas en el mercado, ¡Joder¡ Durante la posguerra fue lo único que comieron porque en su pueblo existen cantidad y no había otra cosa. Y a ninguno de los dos nos gustan, ¡coño¡ no las comemos jamás, ni siquiera cuando tenemos hambre. –le digo esto cada vez más exaltado y rojo por la ira -Ya te he dicho que conozco las setas bien, que soy buen micólogo. -¿Y eso que coño es? –le respondo yo airado y con ganas de meterle un buen par de bofetones. -Que conozco las setas, coño, que va a ser. –y diciéndome esto rompe de repente a reír mirándome a los ojos y de manera tan estruendosa, que me contagia y no puedo evitar reírme yo con él. Lo hacemos de una manera nerviosa, convulsiva y agitada, agarrándonos el estómago y haciendo oscilar el torso hacia delante y hacia atrás. Estamos en este plan de risas un rato más largo del razonable pues ni muchos menos era para tanto el chiste. -Mira cabronazo, -le digo intentando parar de reír sin poder -el cura de mi pueblo era el más experto de la comarca. Daba conferencias sobre setas y hongos, sobre como reconocerlas, arrancarlas, cocinarlas y todo eso. Todos los años en el inicio de la temporada, en un local anexo a la iglesia, daba cursillos sobre setas a todo el que quería escucharle y ¿sabes lo que le pasó? -¿Qué? –sigue riéndose a pesar de la cosa tan seria que le estoy intentando contar sobre el cura. -Pues que se murió de comerse una seta envenenada, ¡coño¡ Así que no te creas tú tan listo -Pues vaya experto, de los huevos. Mira, sólo puedo decirte que, obviamente, no sabía tanto de setas. A no ser que se muriera de un empacho que también pudo ser – me dice sin poder contener un nuevo golpe de risa – Ya, claro. ¿Y qué coño piensas hacer con los tarros? -Lo bueno de todo esto es que los elementos embriagadores siguen siendo tan potentes como el primer día y duran varios más. Los elementos activos no se metabolizan en el cuerpo humano y se expulsan por tanto a través de la orina. Y sin efectos raros porque todos los elementos estarán ya filtrados y procesados. -Nos ha jodido………., ¡por mí¡ ¡por mis riñones¡-sigo dándole caña -Bebiendo de nuevo la orina como yo he hecho ahora te colocará casi tanto como el día que te comiste los hongos, te colocarás antes, sin esperar tanto tiempo como hemos esperado hoy, aunque quizá los efectos no durarán tanto tiempo como hoy. -Y yo que me creía la reina de los mares mientras te follaba la boca y resulta que me estabas utilizando como el mayor de los cabrones. Sí, yo como un imbécil pensando que te gustaba disfrutar de la pasión dorada de una manera diferente. ¿Pero como he podido ser tan gilipollas? -Alejandro, debes sacar dos cosas en conclusión -Encima ahora se me pone Pigmalión, ya lo que me faltaba -¿Cuales? –digo, simulando impaciencia -Primera, ser muy escrupuloso en el proceso de toma de las setas -¿Escrupuloso? ¿Escrupuloso me dices tú? Hombre, no me jodas. ¿No te parece que en eso no me puedes dar muchas lecciones habida cuenta de cómo te has tomado tu la esencia de las setas? -Ja, ja. –me responde irónico. –Me refiero a que no hay que ser muy impaciente en la toma de los hongos. Los efectos tardan mucho tiempo en producirse y si, porque no pasa nada, empiezas a comer y a comer, uno tras otro de manera ansiosa, cuando los efectos lleguen pueden ser demasiados y ya sin forma de evitar un mal viaje. ¿Entendido? -Tranquilo, tranquilo que no creo que vuelva a repetir. Con esta experiencia ya es más que suficiente para mí. Además, ya estoy harto de ver bailar a los cuadros y que se abran las puertas de tus armarios. Y que sepas que tus dientes separados los he visto como dos colmillos venenosos curvados hacia atrás en cuyo interior circulaba una lengua bífida asquerosa. . . . . . . -Me gusta el morbo, me gusta que me follen, pero no el riesgo de morir envenenado, no te jode -Y te gusta follar también, no te olvides –me dice vacilón -Sí, por lo que veo follar también pero insisto, no quiero morir de una vomitona sólo porque a ti te da la gana -¿No dijiste que querías llevar el sexo al límite? ¿No eras tú el que hablabas de piquanas y cuchillos y ataduras? Mira, tío, la fantasía, está muy bien. La fantasía es un instrumento de nuestra mente que existe para excitarnos pero no para alcanzarla obligatoriamente. . . . . . . . -Pues algo así. Mira, hay personas que se ponen cachondos pensando que son violadas por todo un equipo de baloncesto. Y ya puestos, ¿porqué no? por todo un estadio, supongo que las habrá también, y no por ello van hacerlo y ni siquiera intentarlo. Se excitan con ello y es sólo eso lo que se pretende -El justo medio, ¿entonces? – . . . . . . -Sí. Y si no las ves es porqué estás entretenido en quimeras. Por cierto, sabes lo que es una quimera -¡Coño¡ Si me lo acabas de decir. Es una fantasía, o construcción de la mente, que se cree posible realizar pero que no lo es. ¿Aprobado? -Ya pero también es un bicho mitológico -entre otros bichos feísimos que viven por el atlántico y por ahí- que vomitaba fuego cuya madre era la hidra y su padre un león. Por tanto tenía cabeza de león, cuerpo de cabra y la cola de serpiente o de dragón que poco da. Tío, ¿qué necesidad tienes de ir tras bichos tan feos? -Entiendo perfectamente, lo que me dices, Sal. Sé que tienes razón. Pero no sé a veces siento que una fuerza dentro de mí, más fuerte que yo, más fuerte que todo lo que conozco, me arrastra hasta……….. sí,…… hasta ese monstruo y tengo miedo, mucho miedo de que alguna vez me devore. Y ahora sí, por fin, mientras desde lejos incluso, veía su iris dilatado de manera exagerada, su cara sonrosada y encendida, pero en absoluto angustiada, sino más bien produciendo destellos de felicidad, su sonrisa, que esta vez incluía aquella oquedad que ahora me encantaba en vez de espantarme y me ponía tanto, ahora sí, digo, por primera vez le hablé de Sergio. De Sergio, de mis miedos, de las serpientes, de mis pesadillas recurrentes y de mi angustias.


Deja una respuesta


Iniciar sesión en su cuenta Crear una nueva cuenta

 
×
Crear una cuenta ¿Ya tienes una cuenta? %@
 
×
OLVIDÓ SUS DETALLES?
×

Subir.