Y tras un rato prolongado de serenidad y reposo, con mi cabeza sobre su pecho, muy relajados, fumando un canuto y escuchando una ópera en la que Fausto vendía su alma al diablo a cambio de grandes placeres, de caricias y deseos sensuales, de orgías interminables con jóvenes y voluptuosas amantes, y a cambio de una potencia sexual inagotable, Sal se levantó muy despacito y fue a buscar un recipiente de cristal en el que ardían varias velas de diferentes tamaños y colores cerca del armario de su colección de budas. Era una especie de bandeja redonda, de base gruesa con unos orificios en el fondo para encajar las velas. La vela central era cuadrada y grande con cuatro pabilos ya bastante quemados y alrededor de ella otras cuatro redondas más pequeñas. Ahora, la luz era declinante y tenían más sentido las velas encendidas, pero cuando Sal las prendió a media tarde, me extrañó, pues había luz natural más que suficiente. Pensé que serían velas olorosas pero para nada. Las velas habían ardido lo suficiente como para que la cera líquida fuera abundante, especialmente en la cuadrada. Y en aquella hora bruja, mientras Sal venía desnudo hacia mí con la bandeja de velas en la mano provocándole extraños reflejos e inquietantes sombras en la cara, me miraba fijamente con aquellos ojos negros más profundos que nunca. No sé si era por su mirada, que parecía imantada o el centelleo de las llamas sobre su cara y pecho, el caso es que me tenía fascinado. Y no podía separar la vista de su cara, ni de sus ojos, pero no por ello dejé de pensar en el comentario que me había hecho anteriormente sobre castigar sus huevos muy seriamente. -¿Has jugado con cera alguna vez, Alejandro? –me pregunta esto muy serio, sin dejar de mirarme, y depositando muy lentamente la bandeja de velas sobre la mesa baja del salón. -Tío, sabes de sobra que no. ¿Por qué me lo preguntas? ¿Qué es lo que quieres hacer con las velitas? ¿A qué quieres jugar ahora? Miedo me das. Cuando veo ese brillo en tu mirada sé que me debo echar a temblar -¿Pero no me has dicho hace un rato que además de miedo también te empalmo? –me dice cogiéndome del pelo de la nuca con una mano, y besándome apasionadamente. Mientras me besa me recorre toda la columna vertebral de arriba a abajo, presionándome fuertemente, con el dedo pulgar de la mano libre, y produciéndome un fuerte escalofrío que enseguida me alcanza la cabeza y que hace que entienda el rollo aquel de la energía cósmica mucho mejor. -No hace falta que yo te lo diga, puedes verlo tú mismo –es obvio lo que le digo porque desnudos cómo estábamos era imposible disimular mi erección -Verás lo que vamos a hacer: me voy a tumbar sobre la alfombra, vas a coger una vela, primero de las pequeñas y muy despacito vas a ir vertiendo encima de mí, gota a gota, la cera líquida que queda alrededor del pabilo. –yo no doy crédito a lo que escucho. No salgo de mi asombro a pesar de que desde el principio he relacionado las velas con algún jueguecito de Sal. -Estás loco tío. Ni lo sueñes, no cuentes conmigo para eso de ninguna manera. Estás chiflado. –a pesar de que le digo todo esto muy enfáticamente, yo me tranquilizo un poco porque de primeras, no pensé en la cera líquida, sino que Sal querría el fuego de la vela directamente sobre los testículos. Yo, ya me había puesto en lo peor, y menos mal que eran los suyos. -Vaya, qué decepción, creía que me habías dicho que habías sentido cierto placer produciéndome dolor cuando lo hemos hecho antes. Estaba convencido que me seguirías en este juego. -Sí tío, pero es que me parece muy fuerte esto que me pides. ¿Volcarte la cera líquida de las velas encima de ti? -¿Fuerte? Te advierto que de fuerte nada. Frente a lo que acostumbra a hacer la gente por ahí, esto es algo naif, un juego de niños en colegio de monjas. Venga, anímate, no pasa nada, no es para tanto. -Estás loco tío, ¿no comprendes que te vas a quemar? ¿Que te pueden quedar marcas allí donde te caiga la cera? –pero mi rabo súper empalmado y duro como una piedra sólo de pensar en la situación, me traiciona casi desde el principio. Nada de lo que le diga va a hacerle cambiar de opinión mientras vea mi rabo duro como un palo. -No parece que tu rabo sea de la misma opinión. –me dice esto con su media sonrisa, mientras su mano baja y sube por mi rabo, acaricia mi glande, acaricia mis huevos, y me atrae hacia sí. Yo me estremezco, y me entrego a sus juegos Y muy lentamente, sin dejar de mirarme fijamente a los ojos, Sal se tumba sobre la alfombra, dobla las rodillas poniendo las plantas de los pies sobre el suelo, se acaricia todo el pecho, los muslos, los huevos, se pellizca los pezones, y por último desliza la mirada muy sutilmente de mis ojos hacia las velas, y la devuelve otra vez hacia mí. No necesita decirme más. Tampoco yo. Muy lentamente y sin más dilación, por fin, me decido a actuar. Tomo temblando de miedo y de agitación una de las velas pequeñas. Ésta tiene mucha cantidad de cera líquida. Sé por los pellizcos de Sal en sus tetas y por las demás insinuaciones, dónde quiere que caigan las primeras gotas de cera, y yo no se las voy a evitar. Aunque estoy asustado, la situación como que me hechiza, me seduce, y efectivamente me empalma más de lo que ya estoy. Sí, quiero hacerlo y lo único que necesito es tener cuidado para no quemarme yo. No pasa mucho tiempo desde que inclino la vela, se desborda la cera, y se hace un pequeño paso por el que se desliza el resto de la cera fundida y cae gota a gota sobre el torso de Sal. Cuando cae la primera gota de cera sólo veo que sus ojos se cierran con fuerza, espero a que se abran de nuevo, y no me doy cuenta por ello, que tengo que rectificar la posición de la vela pues la cera cae incluso fuera de la areola. Sé que Sal quiere la cera justo en aquel pezón, más grande del que he visto en muchas tías, y aún así me tengo que esforzar para atinarle. En algún momento de torpeza me cae cera en mi mano entre el índice y el pulgar y aunque enseguida pasa el calor me doy cuenta de lo que debe suponer esa cera fundida en el pezones, de piel tan delicada. Me excito sobremanera sólo de pensarlo. Acertaría en la caída de la cera mucho más fácilmente si bajara más la vela babeante y me acercara al pezón, pero me da miedo que con tan poco tiempo de caída y con la llama tan cerca, le dañe. Pero esa decisión no necesito tomarla yo. Como si hubiera algo de telepatía entre nosotros, como aprovechando el mismo conducto tácito por el cual tan bien nos transmitimos las sensaciones carnales, también por el mismo conducto se deben transmitir nuestros pensamientos. -Baja más la vela, Alejandro –me dice tajante, y sin posibilidad de discusión alguna, estando yo, completamente seguro que habría más que preferido no habérmelo tenido que decir. -Tío, tengo miedo, te voy a quemar –es lo único que acierto a decirle -No te preocupes y procura no echar las gotas de cera una encima de la otra. Que caigan mejor en piel virgen. Así me gustará más Yo le digo la verdad. Le digo que me da un enorme morbo lo que le estoy haciendo. Veo fascinado cómo la cera se solidifica y queda pegada a su piel. Le digo que me fascina cómo sus ojos me miran suplicantes, que me gusta una barbaridad cómo recibe la cera, que ahora sé que la siente mas caliente porque se le contraen los músculos de la cara, cambian sus facciones, abre la boca, cierra los ojos, echa la cabeza hacia atrás, la convulsión de su cuerpo cada vez es mayor. Le digo que me gusta cómo se abre los muslos con las manos próximas a los testículos para hacer más fuerte las contracciones de los músculos del pecho cuando recibe la cera ardiente. Y por propia iniciativa sin esperar su indicación paso al otro pezón y tengo aún cera suficiente para llenarle la areola antes de coger otra vela. Y cuando vuelvo con la vela nueva, Sal baja las piernas y me alegro de ver su rabo muy duro y cabezón, y su mano cubriéndolo, como tratando de evitar que le caiga cera encima. Y es entonces cuando su mano mueve suavemente la mía que mantiene la vela, y la baja para que ésta quede justamente sobre la vertical de sus huevos. Yo estoy tan impresionado por lo que veo venir, que nada pienso, sólo obedezco, sólo actúo. Lo único que me empieza a preocupar es que haya cera suficiente para todas las partes de su cuerpo, allí donde le guste tenerla. Y la cera bien caliente fluye por el borde de la vela y cae encima de la bolsa escrotal. Veo que se estremece de placer –o de dolor no sé- al caer las primeras gotas, que se agita y tiembla, que balancea su cabeza y me mira de vez en cuando, y que las contracciones se hacen más moderadas según la cera se enfría. Procuro no acumular la cera sobre un mismo punto de su cuerpo para que esté lo más caliente posible cuando entre en contacto con su piel. Agoto la segunda vela sin llenar de cera todo su escroto. Cuando vuelvo con la tercera veo que tiene descubierto el capullo de su mano protectora mientras se toca los huevos repletos de cera solidificada. Supongo que lo libera ahora que no hay peligro, ahora que sabe que no hay cera que caer, pero me equivoco, y hasta me espanto cuando me pide que la nueva vela, aquella que en ese momento tengo en mis manos se la vacíe encima del aquel glande tan sonrosado, en toda aquella superficie tan cabezona. -Guarda un poco para el agujerito, me encanta que caiga la cera ahí. –sujeta la polla con la mano y la levanta con intención de poner el gran sombrerete incluso más cerca de la llama. Siento, por las contracciones de su cara, que la cera fundida cayendo en su miembro le produce una sensación muy dolorosa -o placentera, sigo sin saber- y que hasta que se enfría y se solidifica pasa tanto tiempo que le castiga el glande duramente. Lo sé porque en sus ojos aparecen gruesos lagrimones que le caen por sus mejillas. Conmocionado por los lloros le doy un poco de cuartelillo y le echo cera sobre las manos que aguantan su rabo inhiesto y que abre cuando caen las primeras gotas. Y mientras cae la cera líquida le acaricio los muslos con mi mano libre y me lo agradece con una dulce mirada suplicante. Y la cuarta vela pequeña se la vierto sobre los muslos desde las rodillas, y las ingles, y en el pubis, y en todas las zonas donde hay pelo que también le harán sufrir -o disfrutar sigo sin saber- cuando ya no quede cera ardiente y tenga que quitársela después. Y le lleno el agujero del ombligo hasta que la cera desborda y asciendo con la vela babeante hasta la zona intermedia de las tetas. Y cuando acabo con las cuatro velas pequeñas me digo a mí mismo que la cuarta, justamente la más grande, no tiene razón de ser porque no hay más lugares en donde pueda caer, pero también me equivoco en eso. Cuando Sal, haciendo uso del conducto tácito otra vez, cae en al cuenta de mi vacilación me ordena tajante que coja la vela -Venga, coge la vela grande ahora, no lo dudes. Venga, que lo estás haciendo muy bien. Me gusta mucho ver tu cara con el reflejo sinuoso de las velas. Veo tus ojos brillantes y tu cuerpo firme y terso, y tu rabo duro como un palo y no sabes eso, cómo me excita. No tienes idea cómo me pone. Y me encanta la cara que pones, entre turbación y morbo, o de pena, no sé. Me encanta. Cuando me lo hagas según tu propio criterio, sin instrucciones mías, será la hostia y tengo la impresión que no te disgustará hacerlo. -¿En dónde te la echo ahora, tío? si ya estás todo lleno –y según le digo esto se gira media vuelta sobre su espalda apoya el cóccix sobre el sofá, acerca las rodillas casi hasta su cara y agarrándose las nalgas me deja bien visible y abierto el agujero de su culo. -Venga. Vas a coger el velón y a verterlo bien despacito por todo el agujero. Échame antes un poco de cera por el perineo y las ingles y ve ascendiendo después. Haz luego circulitos concéntricos alrededor del ojete y ve cerrándolos poco a poco. Quiero al final mi culo bien taponado. Y hago exactamente como Sal me dice. Echo la cera por una de las esquinas del velón que vierte su contenido de manera generosa. Vuelvo a ver su cara levantarse del suelo y balancearse, y lágrimas en sus ojos, y espuma que le sale por las comisuras de los labios. Y veo agitarse sus muslos, y mover su cabeza a derecha e izquierda con la boca abierta y cuando termino todo el contenido de la vela a lo largo de la raja del culo, veo que me mira con una mirada de agradecimiento infinito. Y cuando por fin se termina la cera, dejo el cirio en la mesa y Sal descansa el culo en el suelo, le beso en la frente, y en cada ojo, y en la nariz y le muerdo en el cuello, y le como las orejas y cuando llego a la boca se la morreo profundamente y él me responde aguantándome la postura durante todo el tiempo que yo quiero tener mi lengua en su garganta. Y cuando nos cansamos de mordiscos, besos, caricias y morreos me pidió que le quitara toda la cera acumulada sobre su cuerpo, y me tuvo que enseñar a hacerlo pasando la palma de mi mano sobre los lugares donde estaba la cera, y metiendo el dedo en el ombligo, y con más cuidado allí donde había pelo, y lo disfrutó especialmente cuando hice los pequeños tirones, y cuando llegamos al culo hice mejor trabajo de manipulación porque allí Sal no tenía pelo, y ahora comprendía porqué: seguro que ésta sesión de cera no era la primera vez. -Creía que me ibas a pedir al final que te destaponara el culo a rabazos. –muy chulito le digo yo para disimular el miedo que me ha hecho pasar. -Lo habría hecho encantado, que sepas. –esto se lo digo para crearle cargo de conciencia, para que viera que yo también pensaba en truculencias y que podía tener mi propia iniciativa si él la quería para algo. -Y a mí me habría gustado que lo hubieras hecho también. ¿Qué crees que no lo había ya pensado? pero como has empezado con morreos y caricias, no he querido desairarte y se me ha ido el santo al cielo. -Deja, deja. Deja a los santos en paz. Que se vayan donde quieran. -Me alegro que pienses así, porque estoy de acuerdo contigo. ¿Sigues sintiéndote tan desasosegado cuando me ves disfrutar de esta manera, como decías? -Lo superaré, lo superaré, estate tranquilo. ¿Sabes una cosa? Me gustaría darte cera de depilar por todo el pecho, y los muslos, y en la tripa, y en los hombros y darte fuertes tirones para quitártela. –esto se lo digo, ya lanzado, muy osado y chulito poniendole cara de insolencia y ojos malévolos, pero para dejarle claro que lo que le había hecho me había gustado sobremanera y que habría que repetirlo más a menudo -Tengo la depiladora de la cera por ahí. Ya la utilizaremos pero me dan más morbo las velas -Es curioso pero he hecho ya más cosas contigo en este fin de semana que en muchos años de mi vida. Y si me apuras lo puede restringir sólo al día de hoy. Me apeteció mucho darle un abrazo y un beso cariñoso. Y luego le di las gracias apoyando mi cabeza sobre su pecho que aún me pareció caliente, a la vez que se lo acariciaba con mi mano. Y cuando me preguntó porqué le daba las gracias, le dije que porque me lo había hecho pasar muy bien, porque nunca nadie en el sexo me había hecho sentir como me hacía sentir él: tan importante. Hasta entonces nadie me había tratado así, nadie me había hecho sentir tan grande, tan orgulloso de mí, de mi forma de actuar, de mi rabo, de mi físico, de mi cerebro, de mi persona. Nadie nunca, me había subido la autoestima tanto. Pero sobre todo, le di las gracias porque nadie me había hecho sentir nunca tan deseado. -Gracias de verdad, Sal. – le dije mirándole directamente a los ojos. Le di otro beso, me levanté, me vestí y después de quedar para otro día, me marché muy satisfecho de mí mismo. Nunca le dije que me había gustado tanto follarle, pero tanto, tanto que me había dado casi hasta miedo.


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