Si algo bueno tiene el hecho de no ser muy buen amante es que el amado insatisfecho rápidamente vuelve a la carga a la mínima oportunidad que la ocasión le presenta. Y así, tras un breve rato de charla, musiquita, besos, vino, cigarrillos, encendido de velas olorosas, y algún que otro porrete de maría, una mirada imantada a los ojos, a la que siguió una caricia tierna, a la que siguió un beso profundo, a la que siguió…….. inició el mismo proceso de estimulación y excitación. Sin apenas movernos del sitio del polvo anterior, sobre la misma alfombra, con el mismo reflejo dorado aunque en ángulo más declinado sobre mi cabeza, en la misma posición, cara a cara, como si el tiempo no hubiera transcurrido, como pretendiendo envolvernos en una elipsis, como si este polvo no fuera sino la prolongación del anterior, tan corto pero tan intenso, Sal volvió a utilizarme como instrumento de placer intentando disfrutar conmigo. Sí, creo que lo hizo para darme una segunda oportunidad. Y se montó sobre mí tan fácilmente como la vez anterior, y yo sentí las mismas sensaciones, el mismo ardor estando en su interior y me recorrió la espalda de arriba a abajo un escalofrío similar que me erizó. Y esta vez sí, gracias a que el sol estaba más abatido pude observar mejor su cara, que me encantó, y su cuerpo bellísimo y sus manos finísimas, una sobre su rodilla y la otra sobre mi pecho, y vi también sus ojos negros profundos, aunque por muy poco tiempo porque enseguida los cerró. Y tras eso decidí cerrar yo también los míos, y me dispuse con toda mi mejor intención, con toda mi predisposición y todos mis sentidos a percibir siquiera por un instante la dichosa energía cósmica aquella Y efectivamente, sólo por un instante pudo ser porque sin entretenerse mucho, Sal me hizo notar dónde quería ahora el castigo, no serían sus pezones los sufridos actores en este caso, sino que les tocaba el turno a sus huevos como ya me había prevenido. Serían a éstos a los que les tocaría sufrir o disfrutar –según se mire- ahora. Y así fue, a horcajadas sobre mí, y con todo mi miembro dentro de su ser, mi posición era ideal para manipularle lo que quería y como él quería. De una manera u otra me hizo saber sin lugar a dudas que no eran caricias lo que buscaba precisamente, sino que, dejando para mejor ocasión, la ternura, la suavidad, el miramiento o la delicadeza, le estrujara los huevos sin piedad. Y mientras él se deslizaba incansablemente a lo largo de todo mi rabo, masturbándome con su culo de manera bestial, mis manos agarraron sus huevos y girándoles un par de vueltas quedaron apretujados y bien ajustados en mi mano derecha que pudo tirar de ellos a voluntad. Y cada vez que ascendía en sus cabalgadas, yo tiraba de sus huevos hacia abajo, mientras, muy poco a poco, iba aumentando la presión de mi mano a su alrededor. Según iba apretando sus testículos sentía que sus movimientos eran cada vez más temblorosos y agitados. Incluso me pareció ver, que todos los pelos de su piel se erizaban, y que cada vez estaba más sofocado y colorado. Cuanto más apretaba yo tanto más gemía y suspiraba él. Cuanto más tiraba hacia abajo más fuerte ascendía él y más parecía disfrutar. Mientras seguía cabalgándome me decidí agarrar sus huevos con las dos manos para provocarle mayor dolor y disfrutarlo. Agarré la parte superior del escroto entre los dedos corazón y anular de ambas manos y con las palmas agarré fuertemente los testículos. Sí, con ellas juntas pude hacer mucha más fuerza. Tanta fue la presión que llegué al límite buscado por él. Pero antes de llegar a este límite, antes de suplicarme que disminuyera la presión y le soltara los huevos suavemente, antes de reducir sus movimientos de monta, pude comprobar cómo se convulsionaba, cómo todo su cuerpo se movía como si fuera una culebra desde la cabeza hasta su cóccix, como se estremecía y sacudía sus brazos desde los hombros cómo queriendo que se le soltaran las manos, cómo se conmocionaba en cada ondulación de su culo, torso y cuello. Y durante los varios minutos que duró aquel éxtasis volví a ver su cara roja y sofocada por la pasión, vi perlas de sudor en su frente, muecas en su boca que era imposible mantener más abierta, y oí enérgicos resoplidos y bufidos debidos al frenesí que no tardaron en transformarse en gritos. Y creí ver en algún momento que sus ojos abiertos estaban completamente blancos. Y vi también que cuando aquellos iris infinitos volvieron a su lugar, vinieron acompañados de muchas lágrimas, y que tras apretar los ojos fuertemente, éstos dejaron desbordar y caer por las mejillas, y alguna también cayó encima de mí porqué recuerdo que me encantó su humedad. Y a la vez que se producían los sollozos también pude notar sus muslos crisparse y agitarse temblorosamente a la par que los espasmos del resto del cuerpo. En ese momento, recuerdo que pensé, no sé si le estoy dando gusto o le estoy haciendo daño. Supongo que las dos cosas. Cuando poco a poco solté sus huevos pude ver las marcas rojas de mis uñas dibujadas en su bolsa escrotal a la vez que oía un respiro de alivio profundo saliendo de su garganta y se cortaban los sollozos. Yo estaba fascinado del poder que había tenido en esos momentos previos mientras castigaba sus huevos, o con el poder que había disfrutado antes con mis dedos martirizando sus pezones. Pensaba un poco azorado en el placer que había obtenido por el dolor inducido durante unos minutos y del morbo que me había dado provocar ese dolor. Sí, todo era novedoso para mí y me había gustado mucho. Me atreví, con ese nuevo sentimiento de poder recién adquirido, a actuar activamente y a intentar someterle sin darle ocasión al descanso y sin melindrería. Izándome desde mi posición, y sujetándole el cuerpo le di una vuelta despacito para no sacar mi miembro de su plácido hogar, nos tumbamos ambos en el suelo sobre nuestros costados y así, seguí follándomelo a mi placer, en esa posición que los chinos llaman de la cuchara y que tanto me gusta. Volví a echarle mano a los huevos por detrás pero parecía haber sido ya demasiado el castigo provocado, pues retirándome las manos con apacibilidad tuve que contentarme con su miembro, sin consistencia alguna, mientras me lo follaba de lado. No me importaba en absoluto su rabo fláccido, al contrario me gustaba acariciárselo mientras metía y sacaba el mío bien duro cada vez con más gusto. Y me gustaba tener sus manos por detrás apretándome mis nalgas, pues pareciera como si intentara ayudarlo a penetrarlo más profundamente Y seguí comportándome como dominante en esa actitud recién descubierta, nueva para mí, que tanto me estaba sorprendiendo y gustando. Pero la demostración de autoridad en absoluto fue con aspereza. Se puede llevar la voz cantante sin perder por ello la sensibilidad, se puede mandar sin ser por ello despótico, ordenar sin la opresión del tirano, se puede regir sin avasallar, someter sin violentar. Sí, como un ácrata. Me porté como activo atreviéndome a girarle suavemente para ponerlo a cuatro patas a mi disposición. Por primera vez tuve a un tío delante de mí postrado de esa manera a mi entera disposición, mientras era penetrado por mi rabo que cada vez –yo mismo estaba más que sorprendido- lo hacía mejor. Le embestía sin piedad, sintiendo que era eso lo que le gustaba, le penetraba metiéndole mi verga hasta lo más profundo de su ser, agarrándole por sus caderas mientras me pedía por favor, ansioso, más y más, y que no parara, que siguiera así, dándole cada vez más fuerte. Doblé mi torso y le agarré con mis brazos por debajo de los hombros y con mi pecho pegado a su espalda le entré hasta lo más hondo. Y supe que le gustaba. Y me icé cuando me apeteció hacerlo y me agarré a sus nalgas apretándoselas fuertemente con ambas manos, haciendo suaves circulitos con ellas, para que sintiera todo mi rabo en su interior mejor. Y supe que le encantaba. Y cuando me apeteció le abrí las nalgas bien abiertas para hacerle sentir más profundas mis espetadas. Y supe que le volvió loco. Y le metí por el culo mi dedo pulgar acompañando en paralelo a mi rabo. Y supe que eso le privaba. Y a mí me encantó ver el triángulo bien definido de su espalda mientras yo decidía de qué manera me lo follaba. Por una vez, yo decidía, yo disponía, y todo eso me estaba gustando mucho. Y aún me habría de gustar mucho más. Y cuando más duras y rápidas son mis embestidas, cuanto más profundas y bestiales son siento que los músculos de su culo se cierran violenta y espasmódicamente y que se agarran férreamente a mi rabo y no le dejan continuar su camino, y eso me gusta cantidad porque, aunque me obliga a parar en mi recorrido, noto que él no puede evitarlo, que esos espasmos son involuntarios y que son consecuencia inevitable del placer que recibe. Y a mí, me encanta saber que esos movimientos instintivos de sus músculos se los provoco yo, que eso ocurre gracias a mí, al ritmo de mis emboladas y a la dureza de mi rabo. Y a la vez que esos tejidos fibrosos se contraen atenazando mi miembro, ciñéndolo como fuertes y tenaces abrazaderas, Sal pega unos gritos, que más que gritos son alaridos, y sus ojos se vuelven a llenar de lágrimas y eso me gusta, me gusta mucho verle llorar y más si es por mí culpa. Y cuando paran las lágrimas y las contracciones involuntarias me reta a que se las provoque otra vez, y así una y otra vez, y otra, y otra. Así hasta el agotamiento final de ambos. Y cuando, brevemente, nos detenemos a tomar aliento, Sal me confiesa que le estoy golpeando en el sitio preciso, con la intensidad justa, y en la dirección adecuada, y que su próstata está respondiendo a mis embestidas de manera muy generosa produciéndole un placer enorme, como hacía tiempo no tenía. Y me doy cuenta de que no hay miedo de que me corra, de que sin esos fastidiosos ejercicios, con el mismo músculo fláccido ése, como se llame, con el que he estado follando esa mañana, esta vez le aguanto bien, de que puede que sea verdad eso que dicen, de que el segundo polvo es siempre mejor que el primero. Y tal y como van las cosas no me puedo imaginar como puede ser el tercero. Y cuando le echo sobre el suelo y me tumbo encima de él haciéndole sentir mi peso, y le agarro la cabeza por el maxilar, y le vuelvo la cara, y le beso desde atrás, muy difícilmente, pero lo consigo, pues hasta lengua le doy, y le follo muy suave y dulcemente, apenas desplazando mi miembro dentro de su culo, sólo golpeando, veo que también le gusta. Y ahora empieza a cerrar y abrir los mismos músculos anales que anteriormente han abrazado mi verga una y otra vez espasmódicamente, pero ahora siento que lo hace voluntariamente, contrayendo y distendiendo su culo cada vez con movimientos más rítmicos y contracciones más fuertes. Siento que tiene una fuerza enorme en esos músculos, ¿será así por los ejercicios dichosos? En este momento siento que me da un gusto enorme, tan grande que, ahora sí, tengo miedo de que me corra si no para. No me voy a poder contener si sigue. Así se lo hago saber, pero no me hace caso alguno, como siempre, Sal cuando está en éxtasis, sigue sin oír, ver o escuchar, va completamente a su puto ritmo. Y es así, abriendo y cerrando su culo rítmicamente, muchas veces, tantas que me acabo entregando a él, a su criterio o a su falta. Aprieto mi cara contra su cabeza, cierro los ojos, agarro sus hombros clavándole mis uñas y me abandono, pero sólo cuando sé que voy a correrme, y esto ocurre cuando él quiere, cuando se sabe satisfecho, cuando a mí me sabe ahíto de placer, cuando sabe que ambos hemos disfrutado de largo con este polvo, es entonces, digo, cuando me demuestra quien manda en realidad, quien vence, de quien es la derrota, y yo, encantado con la pérdida, me abandono a un larguísimo orgasmo. Y fue tan larga mi corrida que después de mucho tiempo hasta me molestó que empezara a hablarme, y le tuve que decir que se callara que todavía me estaba corriendo. Sin levantarme y sin dejarle mover le pregunté está vez más seguro de mí mismo -¿Bueno, qué tal esta vez? ¿Mejor? ¿No? –pregunto completamente convencido de la respuesta -Sí, mucho mejor. Me lo has hecho pasar de vicio. Bueno, se ha notado ¿no? Y a ti, ¿te ha gustado? -Joder, ha estado de puta madre. Y ha sido largo, largo, ¿eh? Y sin tanto ejercicio con el músculo ése, tío. -Pues imagínate si todos los polvos fueran así. Porque no me vas a hacer creer que todos tus orgasmos son tan largos como éste normalmente, chaval -Joder, tío. ¿Sabes? Yo siento una extraña sensación cuando te hago estas cosas dolorosas, tío. –digo esto, midiendo muchos mis palabras. – No sé como explicártelo pero me desasosiega un poco comprobar que cuando gimes de dolor, y éste es producido por mí, me excito sobremanera y me da mucho morbo. Siento un poco de miedo de que tu dolor sea mi placer. -Y a mí me gusta que seas tú quien me haga esas cosas, y me encanta ver tu cara de inquietud y turbación al realizarlas. –cuando me dice esto me mira fijamente a los ojos y yo bajo los míos. -Tío, pero nunca sé si te doy gusto o te produzco un dolor excesivo. No sé si parar cuando te veo llorar o seguir. Eso es lo que me turba. -No se te ocurra parar nunca aunque me veas desmayar. Si quiero que pares ya te lo haré saber, no tengas ninguna duda, ni miedo alguno. Además entre nosotros nunca será algo demasiado. -Vale. Espero que me lo hagas saber. Por cierto, que yo necesito que sea alto y claro porque soy torpe y no me entero fácilmente. Te lo digo por si te urge, luego di que no te lo he dicho -Muy bien. Por cierto, todavía te tengo que hacer la demostración de que mis huevos no me duelen fácilmente. -¿Cómo? ¿Otra vez? Pero tío, si te los he castigado cantidad hace un momento. Me lo has dejado suficientemente claro. ¿Es que no te acuerdas? –le miro fijamente por si me toma por tonto. –Aunque has llorado un poquito, ¿Eh? -No, hombre, no, eso no es nada. Quiero que me los castigues de verdad, de otra manera. Un auténtico castigo. ¿Para qué crees que he encendido las velas si no es aún de noche? – ahora, sí que me ha dejado tocado del todo. -¿Pero que quieres hacer con las velas? Mira, me das miedo, Sal, de verdad. Y me inquietas, y me turbas,………… y me empalmas. -Bien, me alegro de oírte pues ese es mi propósito y mi deseo. Por lo que me dices lo estoy consiguiendo. Escucha lo que te digo: controla tu energía sexual, dejarás de tener dolores de huevos y quizá hasta consigamos levitar los dos juntos en una de estas sesiones. -Mira, ¿sabes qué? Que si acaso, en vez de abstenerme de correrme como tú dices, hago lo contrario. Me corro rápido nada más llegar aquí, o mejor aún, llego ya corridito de casa. Después esperamos un poquito y en el segundo polvete lo mejoramos como ha ocurrido ahora, ¿no te parece una buena idea? Es perfecta, tío, casi me siento un genio. –dije irónicamente, con una media sonrisa burlona yo también


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