Tras correrse creí que Bill me volvería a llevar a la estación, y que allí se acabaría todo, pero no. Es entonces cuando me manda despojarme de todas mis ropas y cuando lo hago, deduzco por la expresión de su cara, que no le gusta demasiado mi desnudo. Ya me lo temía yo, pues siempre he creído que estoy demasiado delgado, por éso no me importaba nada, que me follara vestido. Ahora, ya no tenía forma de ocultarle mis pocos encantos. Sin embargo y para mi sorpresa, no es mi delgadez lo que le disgusta, al contrario, para nada me quiere más gordo. Son mis calzoncillos estilo Fraga, dice, y mi vello corporal lo que le desagradan. Lo de los calzoncillos lo entiendo perfectamente pues siempre los he usado grandotes porque me gusta ir pendulón, pero lo del vello, sí me extraña, pues tampoco tengo tanto. El primer inconveniente lo soluciona, muy elegantemente, regalándome unos calzoncillos suyos, ajustaditos, de alegres y vivos colores. Para lo segundo, y puesto que a él los chicos le gustan completamente rasurados, sólo queda una solución, y estará dispuesto a llevarla a la práctica sin mucha dilación. La solución es depilarme. Pone una toalla grande sobre el sofá y me manda tumbarme sobre ella, me pasa la máquina y en unos minutos ha acabado con el pecho, sigue con los muslos y parte del pubis. Me excito con esta operación de una manera que si para mí es imposible disimularlo, para él es imposible no verlo. Era como estar en sus manos de una manera total. Y le encantó ver cómo mi rabo se ponía duro sólo del morbo que sentía por verle rasurarme. Pareciera como si me estuviera preparando para venderme en un mercado de esclavos a la antigua usanza y al mejor postor. Era como si quisiera tenerme lo más atractivo posible para sacar de mí el máximo provecho, el máximo fruto. O como si quisiera exhibirme en algún distinguido burdel y cualquier transaccion dependiera de mi mejor apariencia física. Cuando me pone la crema de afeitar en los huevos yo no puedo sino estremecerme porque, además de las caricias que eso supone necesariamente, me siento muy entregado a él dejándome hacer todo aquello. En ese momento cierro los ojos, y siento más lujuria y morbo ahora, que el que he sentido nunca. Desde luego más del que he sentido ante cualquiera de esas malas bestias que he conocido portando una vara de bambú en la mano, y dispuestas a ponerte el culo rojo, injusta y frívolamente, sin ninguna razón aparente. Cuando la cuchilla pasa por mis testículos hay que añadir, a la propia excitación general que siento, la perturbación y la zozobra que provoca el miedo al corte de tal instrumento por semejante parte. Pero no hay motivos para el temor, para nada, que va, el tío lo hace genial, con mucho tacto y delizadeza y no es la primera vez que lo hace, de eso estaba seguro. Cuando termina y me manda darme la vuelta, yo me pregunto qué más quiere hacer conmigo, pero Billy, todo parece tenerlo muy claro, quiere acabar la faena rasurándome el culo. En ningún momento creí que llegara a tanto, pero con decisión me da crema de afeitar en el culo y me mete la cuchilla que, aunque lo hace con mucha suavidad y abriendo bien los carrillos, yo me acojono, pues no es para menos, y porque además está el perro, coño, que no deja de pulular por los alrededores, pegando saltos y agitándose y dando ladridos y subiéndose y bajándose del sofá, e intentando dar lametones a diestro y siniestro. Por cierto, que no parece el perro tener muchos celos de mí, al contrario, en cada oportunidad que las ocasiones le permiten se sube encima de mi cuerpo e intenta olisquearme, chuparme y lamerme. Yo, en su lugar, no sé si habría sido tan condescendiente. -Te depilo el culo para poder manejártelo mejor


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