Soy un hombre maduro, de unos cuarenta y tantos años, de porte varonil. Mi pelo muestra algo de canas, particularmente en las cienes, pero mi piel, afortunadamente se conserva en buenas condiciones. Mi complexión física es regular y gracias a Dios, conservo agilidad y destreza. Soy profesor y asesor empresarial pyme, por lo que afortunadamente tengo aceptable carga de trabajo. En la parte baja de mi oficina, tengo instalado un cibercafé operado por un joven encargado, que casi siempre se trata de un estudiante con buenos conocimientos de redes y operación de computadoras y cerca están dos secundarias y un bachillerado, por lo que casi siempre los clientes son estudiantes de entre doce a 20 años.
Me acercaba en mi auto llegando a mi oficina, por la temprana mañana de un tibio sábado veraniego, en una unidad habitacional de interés social. En la banqueta caminaba Alberto, en sentido contrario. Se trata de un apuesto joven de aproximadamente 18 años, 1.75 cm de altura, moreno claro con un cuerpo bien desarrollado, excelentes piernas, buenos brazos y un tórax para concurso, producto del futbol y otros deportes que practicaba. Su rostro mostraba un suave vello que pronto se convertiría en un agradable bigote, que enmarcaría su agraciada cara con unos hermosos ojos color cafés y unas crecidas pestañas. Vestía una holgada bermuda blanca, playera estampada con el logo del equipo Guadalajara y tenis blancos. Él vivía en la misma calle, a unas dos entradas más adelante, por lo que nos conocíamos por los frecuentes encuentros que ocurrían a temprana hora, cuando él salía rumbo a su escuela y yo llegaba a mi oficina. Como ya era habitual, nuestro saludo fue cordial y con alto grado de confianza.
– Hola profe… ¿tan temprano a la chamba?
– Que tal, Beto. No me queda de otra, pues voy a salir de comisión a ver a unos clientes en la capital del estado.
– Usted siempre viajando de un lado a otro. A ver cuando me invita para que le acompañe y conozca otros lugares.
– Cuando gustes, Beto. Podría serte útil por lo que me dices que vas a estudiar.
Mientras cambiamos impresiones, bajo del auto y empiezo a abrir la puerta de acceso. En otras ocasiones me comentó que va a estudiar contaduría o administración de empresas, por lo que, ocasionalmente me visita para que le oriente sobre algunas dudas de sus estudios, siempre con camaradería y confianza. Debo decir que, en lo personal, desde adolescente he sentido atracción por los hombres jóvenes y varoniles y si están estudiando para ser profesionistas, con mayor razón. Me siento muy a gusto con esos hermosos ejemplares de la naturaleza. Alberto es uno de ellos, pero siempre he mantenido cierta distancia. Por fin, abrí la puerta y por cortesía le invité a pasar.
– ¿Gustar pasar, Beto?
– ¿No le quitaré tiempo? Si va a salir de comisión, se le hará tarde.
– No te preocupes. Solo voy a encender el servidor para dejar una nueva configuración de seguridad en la red y serán unos minutos.
Entré al local seguido por Alberto. Como no era aún tiempo de recibir clientes, por lo temprano de la hora, le pedí que cerrara la puerta. Hacia la calle tenemos un ventanal que está cubierto por una persiana de acrílico. Una escalera conduce al nivel superior, donde está mi oficina, pero me coloqué en la mesa de control, que está al pie de la escalera. Alberto se sentó en los primeros escalones, volteado hacia mí.
– Le sabe usted mucho a lo de las computadoras, verdad?
– Pues la necesidad me ha obligado. Tanto por mi trabajo como para atender bien a los clientes del ciber.
Al tener esta conversación, tuve que voltear hacia él y por lo holgado de la bermuda, tuve una hermosa e inquietante visión de sus piernas y de sus genitales, pues ¡no traía ropa interior! Sentí que mi pulso se aceleraba, que mi corazón latía muy fuerte y, aunque disimulé lo mejor que pude, la atracción hacia ese espectáculo me hacía volver la vista con frecuencia, sin que aparentemente Alberto se percatara de la situación.
Ya encendido el equipo servidor, active el reproductor de música, seleccionando el género instrumental, que permite trabajar creando un agradable ambiente. Empecé ha realizar los cambios en el sistema, pero no podía concentrarme. Mis ojos buscaban con mayor interés ese pene que nunca había estado a mi alcance. Estaba solo con un chavo que de mucho tiempo me atraía y además tenía a la vista algo que empecé a notar que despertaba lenta pero constantemente. Veía como empezaba a engrosar su diámetro y a alargar su longitud. Llegó un momento en el que ya no pude despegar la vista al notarlo totalmente erecto y por mi parte, mi cuerpo hacía su deber y mi pene estaba sufriendo una erección pero a ritmo acelerado. Discretamente me lo moví para evitar ostentaciones.
– ¿Qué pasa profe?, comentó cuando se percató de mi movimiento que aunque traté de ser discreto, lo alcanzó a notar.
– Nada Beto, solamente me acomodé mi ropa para estar más cómodo.
– Creo que también yo debo acomodarme.
Y agarró su ya monumental erección y trató de hacerla a un lado, pero como no traía calzoncillos, ese atractivo pene regresó a su posición original.
– Beto, me siento muy inquieto y apenado contigo por esta situación. Siempre te he tratado como un buen amigo, a pesar de nuestra diferencia de edades. Te tengo confianza, pero sin querer me di cuenta desde donde estoy que tienes un buen paquete y debo reconocer que su vista me ha excitado en sobremanera.
– No se preocupe. Me di cuenta de sus miradas y en realidad sentí gusto al ver que a usted le estaba atrayendo mi cuerpo y que también se le estaba parando el pene por ver el mío.
Sus palabras me emocionaros y alentaron para dar un paso más. Me puse de pie y me acerqué a la escalera. Le extendí la mano para levantarle y acercarle a mi cuerpo. Suavemente nos unimos en un delicioso abrazo. Sentíamos nuestros enhiestos mástiles frotarse uno a otro, mientras nos fundíamos en un delicioso abrazo.
– Beto…. Me encantas. Siempre te he observado cuando nos encontramos y veía como cambiada tu cuerpo, adquiriendo fortaleza y formas mejor desarrolladas. Nunca pensé en llegar a tenerte en mis brazos.
– Usted me gusta, Profe. Siempre lo he buscado por que me agrada estar con usted y escuchar sus comentarios y pláticas, como el mejor de mis amigos.
– Alberto…. Beto…. Ya eres todo un hombre.
Mientras se lo decía, lo apretaba a mi cuerpo y sentía más presión en nuestros penes. Llegó un momento en el que nuestros rostros estaban muy cerca y podía sentir su joven aliento y su excitación. Me incliné ligeramente hacia él y besé su mejilla muy cerca de sus labios. Él volteo ligeramente y nos unimos en un apasionado beso, en el que nuestras lenguas exploraban todo. Sentía como chocaban y luchaban entre sí. Y nuestras manos empezaron a ser más audaces y recorríamos nuestra espalda y acariciábamos con ardor nuestras nalgas. ¡Que momentos tan excitantes! Tener un hombre joven, fuerte, bien desarrollado, acariciándole cada centímetro de su cuerpo y él recorriendo el mío.
Metí mis manos bajo sus bermudas y pude sentir una piel recubierta de fino vello. Lo aflojé lentamente y empecé a bajarlo. Saqué aquel falo que mostraba una erección formidable. Lo tomé en mis manos y lo sentí palpitante. Pasé mis dedos por su cabecita y palpé abundante lubricante natural. ¡No podía creerlo! Y estaba en mis brazos, sin restricción alguna y sin molestias…. El también tomó la iniciativa y desabrochó mi cinturón y abrió el pantalón. Su mano entró bajo mi trusa y apretó mi pene, que al igual que el suyo, estaba en su máximo esplendor.
– Profe.. mi profe.. no sabe que a gusto estoy y que rico siento lo que estamos haciendo. Estamos a mil los dos…. Que padre. Ni con mi novia me he sentido así… Y le aclaro que nunca lo he hecho con un hombre, pero usted siempre me ha atraído.
– ¿En verdad estas a gusto, Beto? No te sientas forzado a hacer nada que no te agrade. Nos podemos detener cuando tu lo decidas.
– No, mi profe. Esto ya lo deseaba pero no sabía como lograrlo. Por eso vengo tan seguido a su cibercafé, pero nunca hablamos de cosas personales. Y ahora se está dando todo muy natural.
Lo tomé de la mano y lo subí a mi oficina. Tenía en un rincón un saco de dormir que uso cuando salgo de comisión y debo dormir en algún ejido. Lo tomé y lo extendí. Lo abracé nuevamente y lo despojé de sus ropas. Ya cada uno nos habíamos quitado el calzado. Me arrodillé a su lado y lo atraje hacia mí. Tenía frente a mi rostro un hermoso pene, de unos 17 cm y tan grueso como una moneda de diez pesos. De su ojito salía una hebra del famoso precum, esa dulce sustancia que le da sabor a la vida. Introduje su glande en mi boca y la sentí cálida y palpitante. Apreté con mis labios y jugaba con la lengua. Disfrutaba su dulce néctar que extendía por mi paladar. Empecé haciendo un movimiento de vaivén que luego fue hecho por él mismo. Sentía como entraba y salía de mi boca, hasta llegar a mi garganta. ¡Que delicioso sentimiento y que rico sabor!
Suavemente se fue recostando y se acomodó para hacer un rico 69, esa agradable posición en la que el placer es mutuo. Sentía sus labios rodeando mi pene y chupando con avidez. Trató de que entrara más profundamente y sentí que ello le producía arcadas. Lo comprendí pues acababa de confesarme que era la primera vez que estaba con un hombre.
– No te la metas mucho, para que no te cause ese efecto. Hazlo poco a poco y tu mismo te darás cuenta hasta donde la puedes introducir, Beto…
– No se preocupe, le voy a agarrar la onda por que estoy con usted y no hay nada que se nos compare. ¡Los dos somos hombres!
Su juvenil lógica me hizo sonreír para mis adentros. Manteníamos un buen ritmo en nuestra mutua mamada, dándonos y recibiendo todo el placer posible. Cada vez era mayor el néctar que ambos expelíamos mientras nos acariciábamos mutuamente nuestros cuerpos. Empecé a jugar un poco con su ano, ensalivando mi dedo y penetrándolo suavemente, mientras sentía su anillito muy cerrado. Pero lo hacía con paciencia y poco poco empezó a ceder su resistencia y sin abusar, mantuve solamente un dedo en ese hermoso y virginal culito, sintiendo ligeras contracciones, que anunciaban su ya inminente eyaculación.
– Hum! Profe. Se siente rico. ¡Me voy a venir!
Uniendo la palabra a la acción, empezó a lanzar unos potentes chorros de semen, dulce, delicioso, que no quise despreciar, pero que me motivaron para también alcanzar el clímax.
– Beto, yo también voy a acabar! Déjame sacártela!
– NO! Démelos también a mí. Quiero recibirlos en mi boca, como usted!
Y llegamos al máximo placer al mismo tiempo, mientras nuestros cuerpos se convulsionaban en una mutua entrega. Permanecimos acostados, acariciándonos y besándonos, Sus ojos cafés me miraban con cariño, mientras sus bazos me rodeaban y atraían hacia él.
– Que padre, Profe! nunca pensé que fuera tan rico y placentero. No me arrepiento por lo que hemos hecho.
– Y hay más cosas que podríamos hacer juntos, si tú lo deseas. Nunca debes hacer algo que no quieras o no te agrade. Con nadie, Beto.
– Lo se Profe. Esto lo he hecho por mi gusto y si llegamos a hacer algo más, será también con mucho gusto. Yo aprenderé con usted, pero no por eso dejaré de ser hombre, pues solamente estaré con usted y con nadie más.
Lo abracé nuevamente y le di un suave beso en los labios, agradeciéndole el grato e inolvidable placer que me dio esta tibia mañana. Nos aseamos en el baño de la oficina. Los vestimos y quedamos en volver a vernos, como ahora, en temprana hora, para entregarnos al placer.
– Gracias, mi Profe. Espero que esto se repita cuando tengamos oportunidad,
– Así será, Beto. Te quiero. Cuídate mucho.
– Cuídese más usted, que anda siempre de viaje. Yo estaré esperando su regreso…
– Gracias Beto. Que tengas buenos días.


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