Todos esos relatos que leí, imaginando que los había escrito algún adolescente con imaginación abundante, y… pues eso… que eran reales. A mi me pasó, y ahora, al contarlo, corro el riesgo de que a alguien más le pueda parecer mi historia una fantasía inventada por algún adolescente creativo.

David y yo nos conocimos hace tres años, cuando entramos a la universidad. En ese entonces (y aún ahora) David era el chico más lindo de la escuela. Y no lo digo yo. Lo dicen las más de 7 u 8 niñas que “cayeron” ante sus encantos con solo haber pasado un mes de haber entrado a la escuela.

Y no eran sus hombros anchos, ni sus brazos de piel tensa por los músculos, ni las piernas tan bien formadas que tenía, ni siquiera aquel torso de revista de moda lo que hizo posibles sus hazañas sexuales. No señores. Lo que hacía especial a David era aquella manera de ser coqueto con todo el mundo. Y cuando digo “todo el mundo”, lo digo en serio.

No es que él quisiera conquistar a la profe de Filosofía (aunque si que le sirvió un poco para terminar con mejores calificaciones aquella asignatura), ni a la señora que servía el almuerzo, ni a las chicas menos lindas de la clase, y mucho menos a mí o a alguno de nuestros compañeros del equipo de fútbol. A veces podías llegar a creer que le estaba incluso coqueteando a su madre o a su padre.

Pero era algo que él tenía dentro, y de lo cual producía más y más cada día. Y sin querer sacarlo a propósito, él iba esparciendo sex appeal a cuanto ser viviente hubiera a su alrededor.

Yo, en cambio, (aunque siempre me han considerado bastante atractivo) no era un gran conquistador. Siempre fui más bien tímido, y eso no me ayudaba mucho.

Al principio me acerqué a él porque quería juntarme con alguien que me ayudara a desarrollar mis habilidades sociales. Y sin esperar muy positivamente su aceptación, me sorprendió lo rápido que creamos fortísimos lazos de amistad.

David y yo comenzamos a pasar muchísimo tiempo juntos, y eso realmente me ayudó. Al punto de conseguir hacerme novio de una de las chicas más lindas del curso, e incluso tener un par de chicas más en mi “radar” (como él le llamaba).

Con el pasar del tiempo, la confianza entre nosotros se tornó tan fuerte, que decidí contarle el mayor de mis secretos.

Con mucho miedo a su reacción y (quizás) al rechazo, le conté que era bisexual. Pero me sorprendió su reacción… o bueno… su “no-reacción”, porque David actuó como si le estuviera contando la cosa más natural del mundo (que no es que sea “antinatural”, pero ya sabemos cuál suele ser la reacción de un hombre heterosexual cuando le dices estas cosas).

Así se hizo aún mayor nuestra confianza, y yo le contaba mis cosas como siempre había hecho, pero ahora sin ocultar nada.

Un día salimos David y yo con nuestras novias del momento. Comenzamos a tomar y al terminar la noche estábamos todos ebrios. Nos fuimos todos para casa de David (supongo que todos sabiendo a lo que íbamos) y allí nos acostamos mi novia y yo en la cama de David, mientras que él se quedó fuera del cuarto con su novia.

Mi chica y yo comenzamos a calentarnos, y cuando estábamos ya desnudos, entró David con su chica cargada sobre su cintura y comiéndose la boca como locos.

De un momento a otro, aquello se convirtió en una lucha romana. La piel desnuda y los gemidos sobraban en aquel cuarto. David y yo nos pusimos los brazos del otro en la espalda, como cuando comienza un partido de fútbol, y sincronizamos nuestros movimientos de manera que nuestras chicas gemían al unísono, interrumpiendo la sinfonía solo de vez en cuando para besarnos a nosotros o entre ellas mismas.

También cambiamos de pareja, y mientras él le daba a mi chica y yo a la suya, mi mano se escurrió entre ellos para estimular el clítoris de mi novia y de paso, ya que estaba tan cerca, tocar aquello que hacía rato había estado mirando.

En una que otra ocasión le agarré una nalga a él, sin saber si fue que no se dio cuenta o que simplemente no le molestó.

La noche fue genial, y luego de eso, lo hablamos con mucha naturalidad, por lo que me di cuenta de que él no tenía tabúes al respecto.

Unos meses después, yo me estaba quedando solo con mi novia, pues mis padres estaban de viaje. David salió de fiesta, y como mi casa quedaba más cerca que la suya del centro nocturno al que fue, le dije que se podía quedar con nosotros.

David llegó a las 3 AM, le abrí la puerta, se acostó en mi cuarto, y yo regresé al cuarto de mis padres donde me estaba quedando con mi novia.

Al cabo de un rato mi novia y yo no nos podíamos dormir, y le propuse que llamáramos a David para que “durmiera con nosotros”. Ella aceptó, y también aceptó que cuando el viniera, era a ella a la que le tocaba provocarlo para estar ambos con él. Así que fui a buscarlo, y él, aunque dudoso, terminó regresando conmigo al cuarto donde nos esperaba mi novia.

Una vez allí, ella comenzó a abrazarlo y tocarlo. Cuando ya lo tenía medio caliente, yo también comencé a tocarla y besarla a ella. Estuvimos un rato en las “preliminares” donde pude incluso hacerle una corta, pero riquísima felación a mi amigo.

Luego ella se subió encima de él y comenzó a penetrarse mientras intentaba juntar nuestras caras para que nos besáramos, pero él no quiso, e incluso se molestó un poco y dijo que “no podía seguir; que a él, si no habían dos mujeres, no le gustaba”.

Entonces mi novia se desmontó y yo comencé a darle a ella con más ganas que nunca, mientras lo mirábamos a él, como invitándolo.

El simplemente nos miró terminar, se rió, y luego dormimos el resto de la noche.

Bien. Hasta aquí la situación es bastante morbosa, pero ni siquiera se acerca al verdadero evento que me incitó a escribir esta crónica.

Desde hace tiempo David comenzó a ser más coqueto que de costumbre conmigo (si es que eso era posible). Me hacía chistecitos sexuales, me decía cosas bastante provocadoras, en fin, como si me estuviera coqueteando. Pero por su naturaleza anteriormente descrita, no le di importancia a estas cosas.

Hace un par de días, salí con él a un café y estuvimos hablando un rato. Había terminado con su novia y estaba un poco cabizbajo.

Cuando ya nos despedíamos, me pidió que me quedara con él,que no quería estar solo esa noche. Y como no era raro para mi quedarme en su casa; acepté.

Cuando llegamos a su casa todo el mundo estaba durmiendo, así que entramos silenciosamente a su cuarto y él cerró la puerta con seguro.

Me indicó que me pusiera cómodo, y me ofreció un short bastante corto y de una tela muy fina.

Él se puso de espaldas, se desvistió completamente, y pude ver, como hace tiempo que no lo hacía, aquella combinación perfecta de brazos y espalda que hacían notar los años que llevaba asistiendo sin falta al gimnasio. Recorrí el surco que causaba su columna vertebral con la mirada, y al llegar a su parte inferiorpude ver las curvas perfectas de sus nalgas en combinación con sus musculados muslos.

Al girarse de frente pude ver aquel pecho redondeado con una línea perfecta y profunda debajo de sí, que se continuaba con la geografía irregular que causaba el six pack de su abdomen. Luego me limité a apartar la mirada porque ya me estaba calentando con tan solo ver aquella imagen.

Él sonrió al darse cuenta de mis pensamientos, y se puso un short parecido al que me había ofrecido a mí.

Yo también me quité la ropa, sin siquiera mirar a David y me puse el short que me quedaba un poco ancho, y que solo se sostenía en la parte más inferior de mis caderas, donde la curva de mi pene con ganas de erguirse no dejaba que descendiera más.

Nos acostamos bajo la misma sábana (guardando la distancia mínima), y él me preguntó si quería ver alguna película. Le dije que me daba igual, y él apagó la luz y se puso a enseñarme algunos videos en su laptop.

De estar viendo videos graciosos pasó a enseñarme algunos videos que había grabado con sus novias. Al parecer David tenía aficiones de cineasta (vamos, que le gustaba hacerse el artista porno).

Al ver a David moviéndose de aquella manera en la pantalla, no pude evitar retorcerme bajo las sábanas y tratar de esconder mi erección, cada vez más evidente. Entonces le dije que tenía sueño, él apagó la laptop, la puso a un lado de la cama y se giró dándome la espalda.

Yo me coloqué en la misma posición que él y traté de quedarme inmóvil, pero mi respiración acelerada se escapaba incontrolablemente, produciéndome movimientos involuntarios.

Sin estar seguro, pues mis sentidos estaban nublados por la excitación, me pareció ver que David también respiraba irregularmente, y de pronto se movió de manera tal que sus duras nalgas quedaron contra mis rodillas.

Fue entonces cuando no pude controlarme más, y me fui acercando sigilosamente a su espalda, fingiendo estar moviéndome dormido.

Me acercaba lentamente y por milímetros. No quería que David se asustara. Pero cada mínimo movimiento que yo hacía era respondido por otro de igual (o mayor) sutileza por mi amigo.

Así fui llegando a mi objetivo, y cuando mi abdomen y pecho estuvieron tan cerca de su espalda, que podía sentir su excitación disipada en calor corporal, me pegué con todas mis fuerzas sin dudar ni un segundo más.

Sus muslos contra los míos. Sus nalgas contra mi pene. Su espalda contra mi abdomen y pecho. Su cuello siendo inhalado por mis hambrientas fosas nasales. Y en cada entrada de aire a mis pulmones, podía sentir como salían de él las partículas de su deseo sexual.

Entonces crucé mi brazo por encima de él, y aunque me costó (por la amplitud de su tórax), llegue a tocar con mi mano izquierda su pecho de gladiador.

La intensidad de mi caricia se fue transformando en un abrazo asfixiante, donde yo buscaba comprimir cada parte de mi cuerpo contra él. Y el se retorció por el deseo. Yo lo sentí. Pero él fingió despertarse y me dijo girando su cabeza hacia mi: “Oye, tú estás medio loco hoy, ¿no?”

Yo solo atiné a lanzar un gemido significando “déjame dormir”, y lo abracé cariñosamente haciendo “la cucharita”. Entonces el sonrió y se giró a su posición original sin hacer el mínimo esfuerzo por apartarme.

Fue todo lo que necesité para saber que el quería continuar aquel juego tanto como yo.

Mi próxima acción fue comenzar a mover mi mano izquierda desde su pecho, pasando por su abdomen, hasta el elástico de aquel short que no tenía más objetivo que formalizar el acto de no estar desnudo. Luego volví a subirla hasta su pecho, y la bajé esta vez con más fuerza y velocidad.

Entonces llegue un poco más abajo, y sentí por encima de aquella fina tela, el poder de su erección.

Comencé a estimular su glande por encima del short, y al ver que le gustaba, metí mi mano y lo hice directamente. La punta de mis dedos tocando aquella fruta prohibida… Pero faltaba algo, así que mojé mi mano con saliva y regresé a mi faena, esta vez obteniendo aún más su aprobación mediante gemidos ahogados.

Entonces quise probar con mi boca, así que intenté girarlo para hacerlo, pero él se resistió diciendo que no sabía por qué estaba haciendo aquello si no le gustaban los hombres.

Le dije que no se preocupara, que eso no iba a salir de allí. Solo estábamos divirtiéndonos un rato y “mañana no me acuerdo, y si no me acuerdo no pasó”.

El sonrió y entones bajé para empapar con saliva todo su sexo. Mi lengua jugueteó con su escroto, subiendo desde la base de su pene hasta la punta, para acabar lamiendo todo su glande comoun gran caramelo. Mis labios rodearon (con dificultad) aquella enorme fruta y comenzaron a descender apretadamente por el tronco venoso y palpitante. Así subieron y bajaron una y otra vez hasta que me atreví a llegar hasta la base, y sentí dentro de mi garganta aquel cuerpo alardeante de su talla.

Entonces me detuve al sentir su voz: “Así no me voy a venir”.

“¿Qué quieres que hagamos entonces?”, le dije pícaramente, con su pene aún en mi campo visual.

“Vente tú primero, rápido, y después yo”

“Como quieres que me venga si no he hecho nada”, le respondí, pensando que me propondría masturbarnos mutuamente o algo así. Pero balbuceó algo acerca de “rápido”; “que no me duela”;“si me duele te golpeo”… en fin, no entendí nada por unos segundos, pero al verlo darme la espalda, lo comprendí todo perfectamente.

Mi amigo, el macho man, el ejemplo de Casanova… ¡me estaba pidiendo que lo penetrara!

Por mucho que me costó creerlo (y aún casi que no me lo creo), no iba a dejar pasar esta oportunidad, así que me pegué a él, bajé su short, dejándole las nalgas al descubierto, y con mis dedos lubricados por la saliva comencé a estimular su ano.

Me pareció increíble la manera en que mi dedo penetró tan fácil.Pero bueno, a fin de cuentas era solo un dedo, así que mojé mi pene con saliva y comencé a penetrar lentamente (¿por primera vez?) aquel culo heterosexual.

En un instante mi pene estaba sumergido completamente en aquel armazón de testosterona y comencé a penetrarlo frenéticamente a la vez que lo masturbaba.

Podía sentir la presión de sus contracciones contra mi pene. Y el suyo también se contraía. Sabía que le estaba gustando.

Sin embargo, aunque me hubiese gustado romper mi promesa en cuanto a la rapidez con que lo haría, no pude aguantar mucho, y me vine gloriosamente dentro de él.

Saqué mi pene lentamente y el se giró.

“¿Ya?”, me dijo con una sonrisa pícara. “Ahora me toca a mí”.

Entonces me giré y me preparé para recibir aquel falo en mi interior.

El mojó sus dedos en saliva y los penetro en mi ano sin mucha compasión, mientras yo mojaba su pene para disminuir el dolor que inevitablemente me produciría su entrada en mí.

Entonces me penetró poco a poco, y sentí como se pegaba a mi para hacernos uno.

Mil ideas pasaron por mi cabeza. Y el dolor y la confusión de toda la situación no me dejaba realmente comprender todo lo que sucedía. Solo supe que en un instante ya había terminado. Felizmente, ya le había dejado el trabajo adelantado.

Entonces ambos nos acostamos boca arriba jadeando de placer.

“Vaya, ya me comiste. Tienes doble mérito: el único hombre con el que voy a estar en toda mi vida; y la persona con que más rápido me he venido”, me dijo.

Yo me limité a sonreír, y cerré mis ojos aunque no pude dormir en toda la noche. Realmente había sucedido.


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